Viernes, 23 Diciembre 2016 16:52

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CHAO TRANVÌA

                                                                      “…grandes indicios son estos del Paraiso terrenal,porque el

                                                                           Sitio es conforme a la opinión de santos y sanos teólogos,

                                                                           Y asimismo las señales son muy conformes…Y si de allì el

                                                                            Paraíso no sale, parece aùn mayor maravilla…”Cristobal

                                                                            Colon.  1498,Viii.”                                   

En aquel tiempo, como se dice en los evangelios, al principio de la vertiginosa y fanàtica querra civil que marcò la llegada del medio siglo mercantilista y salarial en nuestro paìs , yo andaba de pantalón corto y a pie limpio, o pata limpia, como se dice.

 Y ahì està el detalle.

 Y porque andaba a pie limpio, y era un niño, nadie supo definirme lo que era un tranvía, no obstante que azotè con mis preguntas al cura, al alcalde y demás gentes de esta Villa  que me retaron a verlo para poder definirlo.

Era lo normal en aquellos caballeros , unos que andaban de cachaco y sombrero, malacarosos y sectarios por el rencor difuso y la venganza partidista, otros, la mayoría, andábamos a pie porque nuestra impronta era ser libres y creíamos que era màs propio que de nuestros pies nacieran alas que las cárceles de los zapatos.

Sòlo que esa mistica  humillante y partidista de dinero, apellidos y retorica mercantil que suscitaban los caudillos en el corazón popular nunca calò en mi con buenos augurios y esperanzas.

Entonces, el lugar màs importante que tenía la Villa de Medellin, era la plaza de Berrìo, que  coincidìa tal patronìmico con el segundo apellido de mi abuelo paterno que me sonaba como a berrido de marrano martirizado para la noche buena, y tenía una fragancia soñolienta a cafe, tabaco y naftalina apologètica que me cimbraba las entrañas.

Aquel dìa la lluvia había dejado la plaza casi vacìa y sòlo quedaba gente bajo los aleros de los cafés, salones de juego y sastrerías en los que nunca me habían dejado entrar.

De pie en el umbral de la garita del Tranvìa, Bolívar con Boyacà, vi que las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, y también mi esperanza. Y aspirando el aroma desconsolado de mi saco empapado, sonreì, sin creer de verdad como si me hubieran relatado un cuento ya escuchado e inversímil, tal como que los tranvías volaban y aparecían de improviso de entre de la neblina luctuosa.

Pero què podía hacer, por la otra, con cinco centavos que me había encontrado en medio de una pila de cagajòn? Pues montarme en el tranvía.

 

De modo que me apostè  en la chambrana que rodeaba la garita del tranvìa en la que a esa hora no se atendìa, pero tampoco habían mas pasajeros, excepto yo, que querìa ver el cuerpo del tranvía y el espíritu de la provincia de Medellin, una aldeíta usurera y financista ahì con ganitas de madurarse biche y entrar en lo in , en las modas europeas, sin saber que ahì mismo donde nos parabamos bien podìa estar el paraíso, el Eden, tal como lo reportò Colon a sus Altezas reales.

A los seis campanazos de la tarde que largaban las sonoras campanas de la iglesia la Candelaria llamando al Angelus, tuve la certeza de que al menos el último tranvía iba pronto a pasar , pero dieron las siete, las ocho, las nueve, y yo persistìa en el frìo de la noche  viendo  pasar una lluvia fatigada, mansita, mientras crecía el frìo del viento.

Una curiosa mujer de paraguas, huesuda, con faz de pájaro, me abordò por la espalda y me soplò una pregunta con aroma a tabaco mascado:

-Niño lo cogió la noche? Vayase ligerito no lo cojan las ànimas por ahì pidiendo padrenuestros. Tranvìas ya no existen, los acabaron con Gaitan.

Y uno que otro transeúnte salido de entre la neblina polvorosa se me acercò a ofrecerme dulce de arroz con cocadas para que aguantara la tembladera del frìo, a la vez que  advertían que ya tranvía no había en absoluto.

Llegaron las doce de la noche, la una de la mañana, y aùn persistìa , haciendo un mohín de negacion contra aquellas personas sin fe. Pues quien no cree en tranvías no cree en nada.

A la una y media de la mañana vi sombras que se escabullían y se arropaban entre nieblas, y hasta gatos furtivos entre las luces de los faroles públicos y los rieles del tranvìa que transcurrìan a todo lo largo de la carrera Bolívar y se curvaban delante de la iglesia de La candelaria. Me santiguè, de modo que fui a recostarme muerto de sueño bajo el dintel del kiosko de control, pero con un solo  ojo , porque con el otro, como me enseñò mi tìo, sorprenderìa la llegada del tranvía.

Nadie puede saber cuando sucedió, porque cerca de las dos de la mañana, apareció un cocuyo haciendo un ocho titlilante en el silencio de la noche, luego se oyò un quejido mecanico y poco después un resplandor amarillo y reluciente que estallò con sonido de campanilla en mis ojos, se detuvo delante mìo.  Vi en las ventanillas, asomados, a algunos pocos pasajeros oscuros y desconsolados. Desde el puesto del conductor ,este, con una cicatriz en la mejilla y alzando las cejas de tal manera que me parecieron cachos me hacìa señas, convidándome a subir.

Yo  me  quedè mirándole, un ratico no màs,hipnotizado, luego caì en mì  y echè a correr calle abajo, gritando¡ el demonio!,¡ el demonio!……

 De ahì en adelante, a mi,  esa visión del Tranvía no me desemparò, la seguì  viendo como un fantasma real pasando por la ciudad, horadando el silencio de la noche  con su quejumbre  , y su repentino escàndalo de campanillas cuando se retuerce delante de la catedral y prosigue su curso por Ayacucho arriba entre casas de chambranas y palmeras reales, anticuarios, graneros, baratillos y cafes.

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