Domingo, 01 Febrero 2015 00:48

Cuento 1

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Había pasado días con la culpa sucia de lo que me aconteció en el parque arbolado. Para mí no existía ni paz ni tranquilidad. Todo mi espíritu yacía sobre el suelo. Siempre el mismo monólogo cobarde y punitivo, sin saber lo que debía hacer. No me atrevía, incluso, a ir a la policía a poner en conocimiento aquel horrendo crimen de la niña, porque quizá tenía que dar mi nombre, dirección y aparecer en la prensa como testigo. Tenía una visión clara y horrible del lío en que me iba a meter si informaba a la policía de todo cuanto había visto. Por otra parte yo no conocía realmente las circunstancias de todo aquello. El hombre incluso podría ser el padre de la niña. Quizá había desobedecido alguna orden paterna, pensé. Lo que había visto podría ser un castigo severo pero justo como consecuencia de alguna travesura de la niña. Además, qué podría yo hacer en este caso. No podía identificar al hombre. No le había visto más que de pasada y jamás podría elegirle entre unos cuantos hombre de edad madura y cabellos negros. Sólo lograría meterme en un lío del que no conseguiría salir en toda mi vida. Sí, era una niña bonita con largos cabellos castaños que caían sobre el cuello de su suéter negro. Llevaba falda azul marina, calcetines rojos y mocasines de cuero marrón. Bajo un brazo cargaba unos cuadernos escolares. Cantaba en voz baja al miso tiempo que caminaba por el pequeño bosque que atravesaba el arroyo y un claro soleado junto a un camino poco frecuentado donde pude tomar asiento sobre el tronco de un árbol caído. Vi entonces al conductor saltar del coche y decir algo a la niña. Esta movió negativamente la cabeza. El hombre la asió por los hombros y la empujó hacia el vehículo. El hombre la golpeó dos veces derrumbándola al suelo del coche. Al otro día cuando me detuve a comprar el periódico, en la primera plana se publicaba una fotografía cuyo pie rezaba lo siguiente: ¿Han visto ustedes esta muchacha? Se decía que estaba llena de cortes, heridas y había sido violada. Su mano derecha tenía empanadamente un pañuelo de hombre a cuadros rojos y blancos.

El hombre detenido era un vigilante del colegio de la niña de nombre José María Fernel. Desde el principio se había sospechado de él, porque conocía de vista a la niña, era soltero, que vivía cerca del estanque donde fue encontrada la niña, tenía antecedentes penales y conducta desordenada, lo que me alivió en alguna manera, pues estaba por enloquecerme, ya que no me atrevía a contarle incluso a mi esposa, sabiendo de antemano que ese hombre no era culpable. El gran jurado acusó a Fernel que este quedó encerrado en la prisión. Pensé mucho en él. Era una mala suerte para él, no obstante que tenía un buen abogado. Por mi parte estaba asombrado y atemorizado por la excitación pública. Comencé a tener pesadillas. No podía comer, estaba perdiendo peso. Comencé a aliviarme con la posibilidad de que se le absolviera por falta de pruebas que se mencionara cabellos, fibras, textiles, etc., etc.…Al parecer nada de aquello se había encontrado, ni huellas dactilares o manchas de sangre, si no había testigos que probasen la coartada de Fernel. Tampoco había que la negara. El juez sentenció a Fernel a morir de inyección letal, sin que el recurso surtiera efecto alguno, mientras yo me gastaba un capital en cigarrillos y aguardiente. Eso me enfermaba. No hubo suspensión de la inyección y quedé de frente con la verdad desnuda. Yo era un asesino por no tener valor de salvar a una inocente, a lo mejor me vean pronto por la calle gritando yo lo hice…yo lo hice…yo lo hice

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Renso

Lecturas, ensayos, cuentos y poesia

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